Esta mañana, mirando las fotos de mi boda,
me he dado cuenta de lo ilusa que he sido. Por si me sirve de consuelo, imagino
que como tantas y tantas otras mujeres. Cuando nos casamos lo hacemos
convencidas de que ese hombre que sonríe a nuestro lado es nuestro príncipe
azul, cariñoso, amable, el hombre que se desvivirá por hacernos felices,
amante, amigo, compañero. Durante los primeros meses, incluso años si tienes
suerte, salvo en contadas ocasiones que no vemos o no queremos ver, es así. Lo
miramos y allí está él, caballero de brillante armadura, y nos sentimos
orgullosas de ser sus damas. Pero de pronto, una noche despertamos sorprendidas
por un extraño ruido que perturba nuestro sosiego. Temerosas, al fin nos
atrevemos a abrir los ojos y tras acostumbrarnos a la penumbra logramos
distinguir al causante de nuestro despertar. ¡Dios mio! Se trata de tu príncipe azul y está... ¿roncando?. Pero, ¿desde cuándo los príncipes azules roncan? Ah, he aquí uno de esos pequeños detalles que los cuentos nunca dicen. Y a partir de esa noche da
comienzo tu calvario nocturno, su descanso se convierte inevitablemente en tu
pesadilla. Como en los mejores cuentos tu príncipe azul se transforma en las
noches en un ruidoso e insufrible monstruo que va mermando poco a poco tu
paciencia y tu capacidad de aguante. Menos mal que durante el día…
Pasa el tiempo, días, semanas, meses, no es el mismo para todas,
evidentemente, y un día, al despertar, tras lavarte la cara y quitarte las
últimas telarañas del sueño, te sientas frente a él dispuesta a desayunar, cuando, asombrada, te frotas los
ojos tras mirarlo. Abres los ojos, le miras, de nuevo cierras tus ojos al tiempo que
sacudes la cabeza como intentando sacudirte un velo o algo que te cubre. Pero
no hay nada. Y de nuevo, insegura, le miras para descubrir que la brillante
armadura que cubría a tu amado se ha vuelto gris y que, por aquí y por allí, unas manchas de
óxido la cubren. Estoy soñando, ¿verdad?, no, no es posible. ¿Qué ha
ocurrido?
Intrigada, incapaz de creerte lo que tus propios ojos te dicen, continúas
con tu examen. Ahora, ahora, ya no parece un príncipe azul, no, ni siquiera
parece un escudero o un paje. Mal vestido, sin afeitar, casi sin peinar (vale,
es domingo y hoy no trabaja, pero esa no es la escusa), haciendo gestos que
avergonzarían hasta a un gorrino, ¿por qué llamamos sucios a los cerdos si en
realidad es que son uno de los animales más limpios que existen?, los guarros
realmente suelen ser sus dueños. En fin, ¿dónde está el hombre con el que te
casaste, el hombre que iba a ser tu amigo, tu amante, tu compañero, que iba a
compartir los buenos y los malos momentos contigo, que iba a hacerte feliz?
Recapacitando te das cuenta que hace tiempo que ya no está a tu lado, que desde
no recuerdas cuando su lugar lo ocupa esta especie de ¿troll? al que tú te
negabas a ver con su verdadero aspecto. Tan sólo en contadas ocasiones, cada
vez menos, y cada vez más distantes entre sí, tu antiguo príncipe azul ocupaba
su lugar. ¿Cómo es posible?, ¿cómo no te has dado cuenta antes?, quizás podrías
haber hecho algo por remediarlo, por evitarlo.
Cierras los ojos, temblorosa,
cuando de pronto un terrible pensamiento te llena de horror: si esto le ha
pasado a él… yo, yo, ¿en qué me he convertido yo? Corriendo, casi volando, te
diriges al cuarto de baño, cierras el seguro, enciendes la luz y vacilante,
aterrorizada, te enfrentas al espejo. Roto el encantamiento tú también te ves como eres en realidad. ¿Dónde se ha ido
aquella dama, más o menos hermosa, que hace años se casó con su príncipe amado?
¿Dónde se ha ido el brillo de sus ojos, su juventud, sus ilusiones, sus sueños?
Tú también has cambiado, la hermosa dama que fuiste ha dejado paso a esta
especie de mezcla entre bruja, matrona, sargento, gritona, mandona, carente de
alegría y de ilusiones. Angustiada, te das cuenta de pronto de todas las cosas a
las que has renunciado por intentar formar una familia con él, te das cuenta de
todas las cosas que dejaste atrás a cambio de unas promesas que nunca cumplió.
¿Cómo es posible?, ¿cómo ha podido ocurrir? Y rompes a llorar.
Cuando al fin logras salir del baño, él ya no está. Como tantas y
tantas veces se ha ido sin importarle si le necesitas, si vas a enfadarte, si
te sientes sola. Decaída, con la moral por el suelo, te sientas en el sofá y te
dejas llevar por tus sombríos pensamientos. ¿Y si toda la culpa es mía?, ¿y
si fui yo quien imaginó que era un
príncipe azul, quien le puso la brillante armadura de caballero porque eso
deseaba que fuera? ¡No!, me niego a pensarlo siquiera. El no era así al
principio, claro que no, no lo era. Era amable, cariñoso, paciente hasta el infinito,
cuando solicitabas su ayuda allí estaba él para brindártela, compartíais lo
bueno y lo malo sin excepción. Ahora…, ahora no, y no lo estás imaginando, no,
permanentemente de mal genio, está disponible para cualquiera excepto para ti,
es más, incluso se ríe cuando se lo dices. Sólo te quiere para una cosa, sólo
para una, para eso está siempre disponible y se enfada cuando tú, agotada,
cansada de pedir su ayuda y no tenerla, te niegas. Te sientes tan sola incluso
a su lado… ¿De verdad le pides tanto y le das tan poco? Según él sí, según tú,
no.
¿Soluciones?, probablemente te dijeran que os separarais. Pero no
puedes, no, a pesar de que a veces lo odies a muerte, de que en otras ocasiones
no soportes ni mirarlo, de que las más te sientas timada, estafada, engañada;
de que en todas ellas te sientas sola aún con él a tu lado: lo amas. Intentarás
que cambie, al menos un poco; lo más probable es que no lo logres, los cambios
suelen ser para peor, nunca para mejor, y aguantarás. Aguantarás aunque sientas
que te vas rompiendo por dentro, que cada vez queda menos de aquella dama que
se casó con su príncipe amado. Aguantarás aunque llores todas las noches,
aguantarás hasta que te conviertas en un zombi al que no le hiera nada ni
nadie… o hasta que explotes.

No hay comentarios:
Publicar un comentario