miércoles, 28 de agosto de 2013

¿Príncipe o sapo?


Esta mañana, mirando las fotos de mi boda, me he dado cuenta de lo ilusa que he sido. Por si me sirve de consuelo, imagino que como tantas y tantas otras mujeres. Cuando nos casamos lo hacemos convencidas de que ese hombre que sonríe a nuestro lado es nuestro príncipe azul, cariñoso, amable, el hombre que se desvivirá por hacernos felices, amante, amigo, compañero. Durante los primeros meses, incluso años si tienes suerte, salvo en contadas ocasiones que no vemos o no queremos ver, es así. Lo miramos y allí está él, caballero de brillante armadura, y nos sentimos orgullosas de ser sus damas. Pero de pronto, una noche despertamos sorprendidas por un extraño ruido que perturba nuestro sosiego. Temerosas, al fin nos atrevemos a abrir los ojos y tras acostumbrarnos a la penumbra logramos distinguir al causante de nuestro despertar. ¡Dios mio! Se trata de tu príncipe azul y está... ¿roncando?. Pero, ¿desde cuándo los príncipes azules roncan? Ah, he aquí uno de esos pequeños detalles que los cuentos nunca dicen.  Y a partir de esa noche da comienzo tu calvario nocturno, su descanso se convierte inevitablemente en tu pesadilla. Como en los mejores cuentos tu príncipe azul se transforma en las noches en un ruidoso e insufrible monstruo que va mermando poco a poco tu paciencia y tu capacidad de aguante. Menos mal que durante el día…
Pasa el tiempo, días, semanas, meses, no es el mismo para todas, evidentemente, y un día, al despertar, tras lavarte la cara y quitarte las últimas telarañas del sueño, te sientas frente a él dispuesta  a desayunar, cuando, asombrada, te frotas los ojos tras mirarlo. Abres los ojos, le miras, de nuevo cierras tus ojos al tiempo que sacudes la cabeza como intentando sacudirte un velo o algo que te cubre. Pero no hay nada. Y de nuevo, insegura, le miras para descubrir que la brillante armadura que cubría a tu amado se ha vuelto gris y que, por aquí y por allí, unas manchas de óxido la cubren. Estoy soñando, ¿verdad?, no, no es posible. ¿Qué ha ocurrido? 
Intrigada, incapaz de creerte lo que tus propios ojos te dicen, continúas con tu examen. Ahora, ahora, ya no parece un príncipe azul, no, ni siquiera parece un escudero o un paje. Mal vestido, sin afeitar, casi sin peinar (vale, es domingo y hoy no trabaja, pero esa no es la escusa), haciendo gestos que avergonzarían hasta a un gorrino, ¿por qué llamamos sucios a los cerdos si en realidad es que son uno de los animales más limpios que existen?, los guarros realmente suelen ser sus dueños. En fin, ¿dónde está el hombre con el que te casaste, el hombre que iba a ser tu amigo, tu amante, tu compañero, que iba a compartir los buenos y los malos momentos contigo, que iba a hacerte feliz? Recapacitando te das cuenta que hace tiempo que ya no está a tu lado, que desde no recuerdas cuando su lugar lo ocupa esta especie de ¿troll? al que tú te negabas a ver con su verdadero aspecto. Tan sólo en contadas ocasiones, cada vez menos, y cada vez más distantes entre sí, tu antiguo príncipe azul ocupaba su lugar. ¿Cómo es posible?, ¿cómo no te has dado cuenta antes?, quizás podrías haber hecho algo por remediarlo, por evitarlo. 
Cierras los ojos, temblorosa, cuando de pronto un terrible pensamiento te llena de horror: si esto le ha pasado a él… yo, yo, ¿en qué me he convertido yo? Corriendo, casi volando, te diriges al cuarto de baño, cierras el seguro, enciendes la luz y vacilante, aterrorizada, te enfrentas al espejo. Roto el encantamiento tú también te  ves como eres en realidad. ¿Dónde se ha ido aquella dama, más o menos hermosa, que hace años se casó con su príncipe amado? ¿Dónde se ha ido el brillo de sus ojos, su juventud, sus ilusiones, sus sueños? Tú también has cambiado, la hermosa dama que fuiste ha dejado paso a esta especie de mezcla entre bruja, matrona, sargento, gritona, mandona, carente de alegría y de ilusiones. Angustiada, te das cuenta de pronto de todas las cosas a las que has renunciado por intentar formar una familia con él, te das cuenta de todas las cosas que dejaste atrás a cambio de unas promesas que nunca cumplió. ¿Cómo es posible?, ¿cómo ha podido ocurrir? Y rompes a llorar.
Cuando al fin logras salir del baño, él ya no está. Como tantas y tantas veces se ha ido sin importarle si le necesitas, si vas a enfadarte, si te sientes sola. Decaída, con la moral por el suelo, te sientas en el sofá y te dejas llevar por tus sombríos pensamientos. ¿Y si toda la culpa es mía?, ¿y si  fui yo quien imaginó que era un príncipe azul, quien le puso la brillante armadura de caballero porque eso deseaba que fuera? ¡No!, me niego a pensarlo siquiera. El no era así al principio, claro que no, no lo era. Era amable, cariñoso, paciente hasta el infinito, cuando solicitabas su ayuda allí estaba él para brindártela, compartíais lo bueno y lo malo sin excepción. Ahora…, ahora no, y no lo estás imaginando, no, permanentemente de mal genio, está disponible para cualquiera excepto para ti, es más, incluso se ríe cuando se lo dices. Sólo te quiere para una cosa, sólo para una, para eso está siempre disponible y se enfada cuando tú, agotada, cansada de pedir su ayuda y no tenerla, te niegas. Te sientes tan sola incluso a su lado… ¿De verdad le pides tanto y le das tan poco? Según él sí, según tú, no.

¿Soluciones?, probablemente te dijeran que os separarais. Pero no puedes, no, a pesar de que a veces lo odies a muerte, de que en otras ocasiones no soportes ni mirarlo, de que las más te sientas timada, estafada, engañada; de que en todas ellas te sientas sola aún con él a tu lado: lo amas. Intentarás que cambie, al menos un poco; lo más probable es que no lo logres, los cambios suelen ser para peor, nunca para mejor, y aguantarás. Aguantarás aunque sientas que te vas rompiendo por dentro, que cada vez queda menos de aquella dama que se casó con su príncipe amado. Aguantarás aunque llores todas las noches, aguantarás hasta que te conviertas en un zombi al que no le hiera nada ni nadie… o hasta que explotes.

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